Crítica a “Lo que soñé…”

Por Juan Carlos Araujo (entreteniateatro@gmail.com)

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Para quienes se atreven a enfrentar la verdadera crudeza que se esconde detrás de la soledad.

LO QUE SOÑÉ ESE DÍA QUE ME QUEDÉ DORMIDO BAJO EL PUENTE

Por Juan Carlos Araujo

Fotografías: Ricardo Castillo Cuevas (@RiAlCastillo)

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“Llueve, y como las calles de la Ciudad de México, estoy mojada.”

 

El sonido hueco, vacío y sin eco de sus pasos se escucha por las calles de la ciudad mientras busca desesperadamente alguna mirada, tan sólo una conexión, algo que le recuerde que existe. Sueña con ser feliz, tener a alguien a su lado, que le toquen la piel y le muestren un mínimo de cariño. ¿Quién es? ¿Cuál es su nombre? No es nadie y a nadie le importa. No es más que una ninfómana, un viejo festejando un cumpleaños que nadie recordó, una prostituta enamorada de un recuerdo, un pseudo-político ridículo, un neurótico malinchista, un grotesco fetichista, una patética anciana, un travesti vestido de mariachi. Más de veinte millones de personas habitan la Ciudad de México, todos ellos están completa e irremediablemente solos.

“Mi ropa tiene encima anzuelos y feromonas.”

 

La sensación de absoluta soledad con la que viven miles y miles de habitantes en las grandes ciudades es una de las problemáticas que el teatro contemporáneo explora con frecuencia. Más y más seguido la gente vive en departamentos diminutos, otras personas habitando arriba, abajo y a lado de ellos, sin que nadie se voltee siquiera a decir buenos días; trabaja en oficinas con hileras interminables de cubículos donde miles más cumplen con sus horarios laborales, sin conocer siquiera el apellido de la persona que tienen enfrente. Estos sentimientos de aislamiento, anonimato, e invisibilidad social son los que inspiran al dramaturgo Antonio Zúñiga para escribir “Lo que Soñé ese Día que me Quedé Dormido Bajo el Puente”con absoluta franqueza, crudeza y descarne, de manera directa y sin disculpas,

“No soy una mala persona, pero no me gusta la mierda, la mentira y la ilusión.”

 

A lo largo de 8 cuadros escénicos, Zúñiga presenta las diferentes caras, deformaciones y perversiones que puede llegar a tomar la soledad, a través de una colección de personajes lamentables, todos ellos víctimas de no tener un lugar real en este mundo. La desesperación de una ninfómana por conseguir quien la satisfaga, aunque sea por unos minutos, se contrasta con la ilusión con la que un hombre de sesenta años decide salir de su departamento después de diez años de encierro autoimpuesto; la gula con que un homosexual fetichista se entrega a sus más bajas pasiones resulta tan detestable como escuchar a un hombre profundamente amargado expresándose contra este país, o cómo ser testigos de la muy co-dependiente relación que ha desarrollado una pobre mujer con su refrigerador. Antonio Zúñiga se adentra en los rincones más oscuros de la raza humana para sacar a relucir la verdadera ralea de la sociedad para que el público los pueda ver, juzgar, discriminar, posiblemente dándose cuenta de que todo el tiempo lo que han estado viendo no es más que un reflejo.

“Mil mamadas en mil vagones, pero sólo había probado una que sabía a luz.”

 

El director encargado de llevar toda esta podredumbre humana a la escena es José Alberto Gallardo, quien presenta con todo lujo de detalle toda esa oscuridad perversa que se encierra en la mente de cada uno de los personajes, mostrando con impactante realismo escenas tanto de violencia como de sexo. Gallardo cruza una y otra vez la muy delgada línea entre la ficción y lo real sin miramientos o censura, muchas veces para desconcierto, shock o repudio de los espectadores, en una franca búsqueda de la verdad. Aun cuando posiblemente una buena parte del público se quede únicamente con el escándalo que provocan ciertas escenas sumamente gráficas, José Alberto va mucho más allá de eso al conseguir darle fuerza y sentido a las palabras de Zúñiga con momentos que transportan a los asistentes a mundos oníricos y surrealistas conformados por árboles y refrigeradores que conviven en el mismo espacio donde un sofá será testigo silencioso de cuanto horror cabe en la mente humana y donde cabezas aparecen irrumpiendo a través de la nada.

“Tú no eres más que un mueble, sin alma y sin sentimiento.”

El elenco entero de “Lo que Soñé ese Día que me Quedé Dormido Bajo el Puente” se deja llevar por completo por las palabras del autor, quien también participa en escena, y por la visión de su director, entregándose sin el más mínimo miramiento a las exigencias físicas e histriónicas demandadas por los múltiples personajes que tienen que realizar sobre el escenario. Sandra Rosales y María Isabel Benet conmueven con su patetismo con la misma facilidad que provocan que se le erice a uno la piel; Enrique Marín, quien sirve de accesorio gran parte de la obra, asume por completo este rol al convertirse en el sofá que ha sido ultrajado por todos y cada uno de los involucrados; siete actores comprometidos que se atreven a ir más allá, a explorar y experimentar, en busca de desnudar sus almas por completo, ya sea como equipo, ya sea en completa soledad escénica.

“Este sofá no tiene ni pudor ni vergüenza.”

 

“Lo que Soñé ese Día que me Quedé Dormido Bajo el Puente” no es un trago fácil de digerir. La manera en que se violenta al espectador me remite a montajes performáticos que se realizaban en épocas donde el teatro era mucho más experimental, menos complaciente. Yo confieso haberme retorcido en mi asiento, víctima de una profunda incomodidad ante lo que veía en el escenario. Sin embargo, también confieso haberme sentido completamente atrapado en la soledad de cada uno de los personajes, hipnotizado por cada una de las historias, a veces riendo, a otras sintiendo un nudo en la garganta, coraje, ofensa, diversión o asco. Todas ellas sensaciones muy humanas, muy vicerales, estoy seguro que al leer esta nota, los miembros de la compañía teatral Carretera 45 sonreíran y pensarán: misión cumplida.